domingo, 11 de abril de 2010

La conciencia del elemento

Habían pasado ya varios días desde que lo habían arrojado en esa casa semivacía. Habían hecho todo lo posible por transformarla en una celda, pero aún llevando a cabo esa intención de cambio no había perdido completamente las características de una casa. No llegaba a tener el aspecto de un agujero en el que lo dejarían morir esperando el pago de un rescate, y eso era lo que le había evitado caer en la desesperación desde el primer instante en que fue conciente de donde estaba. O quizá fue otra cosa: la situación que vivía desde antes del episodio que desembocaba en su estadía en esa, su celda. No había nada en ella con qué entretenerse, salvo una radio que había sido elegida especialmente para esas circunstancias; un viejo aparato que sólo sintonizaba AM, limitándolo a una sola señal que llegaba con claridad en el día, espectro que se abría notablemente por la noche, con las señales yendo y viniendo, en medio de una entrecortada fritura. Lo habían dejado allí para algo. Estaba seguro que no lo matarían rápidamente ni lo dejarían morir lentamente: demasiadas molestias se habían tomado, y no lo habían maltratado en absoluto durante la captura.
Pero él no pensaba en un secuestro. Tuvo al principio miedo de que se tratara de aquellos a los que había estado esperando desde hacía algún tiempo. Sabía que tarde o temprano debían dar con él. Era inevitable. No podía burlar su búsqueda eternamente. Pero con el paso de los días -y al sentirse, dentro de todo, bastante bien tratado- supuso que no podrían ser ellos. No lo habían golpeado, sólo le habían apuntado con un arma y lo habían dormido haciéndole oler un trapo húmedo. De haber sido ellos ya hubieran intentado hablar con él, sacarle información, sacarle el jugo lo más que pudieran, o mostrarlo ante las cámaras para que todos vieran que ellos, contra todo lo que pensaba la gente, hacían bien su trabajo, claro que respetando los tiempos necesario para una buena investigación sin dejarse ganar por la impaciencia de periodistas y público en general.
Cuando se dormía, entraban y le dejaban comida. La encontraba al despertarse. Agua no le faltaba porque las canillas funcionaban. Incluso se había podido duchar y ponerse la ropa que le habían dejado mientras dormía. Los había escuchado entrar un par de veces, cuando ellos lo creían dormido. No hablaban, pero se había dado cuenta que al menos eran dos: uno que quedaba en la puerta y otro que le dejaba la comida o la ropa sobre la mesa.
En un primer vistazo que había echado a la casa no había encontrado nada extraño. Se levantaba cuando presentía que no iban a entrar. Sabía que la puerta estaba cerrada con llave porque los había escuchado cerrarla. Había preferido no averiguar si esto era cierto. Había electricidad, lo comprobó de día, pero por la noche prefería no encenderla y sólo dormir. De día, algo de luz se filtraba desde afuera, y se atrevía a reforzarla con la lámpara que colgaba del techo. Buscó algo con qué entretenerse (más allá de la radio que lo aburría enormemente, que se perdía en una señal que no dejaba de resistirse a ser captada) y echó una nueva mirada a la casa, como si esperara haberse olvidado de mirar en algún rincón. Ahí se dio cuenta que no se trataba precisamente de un rincón donde se había olvidado de mirar el primer día, sino del techo de una repisa vacía cuya única función era crear en él la sensación ilusoria de que no estaba en una celda. Nunca había sido demasiado curioso, conformándose habitualmente con las cosas dadas o rechazándolas por completo e ignorándolas, que es prácticamente lo mismo, lo que explicaba que en su exploración se hubiera limitado a los lugares que se veían a simple vista, dejando esa superficie ignorada. Se subió a una silla y ahí encontró algunas cosas que no había imaginado encontrar. Se alegró como si hubiera dejado de fumar y encontrara, a las tres de la mañana y en plena crisis, un cigarrillo roto en un rincón o que mágicamente había rodado bajo la cama manteniéndose a salvo como reserva inhallable. Sólo había encontrado un par de libros sobre la repisa. Su alegría, obviamente, era desmedida, pero un elemento nuevo en la escena sabía que lo mantendría, al menos, entretenido por un rato. Uno de los libros era una vieja novela de misterio. La leyó un rato, pero esas historias tan inglesas, de crímenes que se resolvían con el uso de la inteligencia y la deducción de algún policía profesional o de vocación le habían parecido siempre demasiado estúpidas. Casi treinta años de argentino le habían demostrado que esto no era otra cosa que pura literatura fantástica o la utopía de racionalistas que soñaban con el orden y reglas claras por sobre todas las cosas. Acá, por supuesto, nadie encontraba a nadie y ni siquiera lo buscaba. El otro era un libro de cuentos muy distintos en su temática. Cualquiera diría que eran los dos del género policial, pero este último, el de cuentos, no tenía ni policías, ni detectives, ni nada que se le pareciera: sólo criminales haciendo lo suyo, muertes por todos lados y de todo tipo. Las muertes empezaban ya en la tapa, donde un hombre yacía aparentemente sin vida sobre un piso embaldosado y cerca podía verse aparecer una mano portando un arma humeante. Todas sutiles sugerencias del desconocido autor, Luis Salazar, y la -para él- ignota editorial de la zona.
Del mismo lugar del que había sacado los libros, sucios en el centro de sus márgenes por la grasitud y la transpiración de dos pulgares que los habían retenido uno de cada lado, firmes y mugrientos, lo justo de mugrientos para el género, de ese mismo lugar, en lo alto del armario, en su parte superior que no se podía ver, en esa meseta escondida y tan mugrienta como los pulgares que le hacían honor a la vieja novela inglesa y a los relatos criminales, de ese mismo lugar tomó la bolsa llena de polvo. Contenía un juego de ajedrez y un viejo libro para el jugador principiante.
La casa, por los elementos que tenía, parecía más una biblioteca que una cárcel: tres libros contra un único prisionero. Estaba condenado a sumergirse en un único género literario.
Tomó al libro de ajedrez como una invitación para intentarlo. Tiempo le sobraba para poder aprender, o al menos para intentarlo. Era mejor pensar que siempre habría tiempo para todo.
Sacó todo de la bolsa y lo dejó sobre la mesa.
La práctica del ajedrez se le hacía acorde a su situación, recluido como estaba en esa casa sin hacer nada. Parecía un espía, en plena guerra fría, esperando para actuar. Esperaba la orden para cumplir con su misión a uno u otro lado de la cortina de hierro. Era eso o jugar al solitario con un mazo de cartas, o a algún juego con su compañero. Pero no tenía ni cartas ni compañero. Y él sabía que no era un espía.
Sólo se le presentaba un problema: su incapacidad, de la cual era plenamente conciente, para visualizar y programar hechos encadenados que lo llevaran a provocar otros y así lograr un cometido final. No podía planificar una estrategia, sólo hacer lo instantáneo sin poder manejar nada más allá, demasiado lejos para él de lo que hacía en el momento. Quizá por eso estaba ahí, guardado lejos del mundo. En el ajedrez todo era pensado, y era un juego con las reglas demasiado claras y preestablecidas. Nadie podía violarlas o ignorarlas. No había ninguna posibilidad de que ocurriera algo extraordinario, algo que los jugadores no previeran.
No era para él. ¿Acaso él no había sido presa de un acontecimiento extraordinario? ¿Acaso una bomba, que no le pertenecía, no lo había lanzado en una sucesión de situaciones que, por lo visto, lo habían llevado hasta allí? ¿Acaso no era posible que alguien apuñalara a uno de los jugadores, o que a uno de ellos le reventara el corazón en medio de la partida? Todas estas cosas no entran en el sistema de pensamiento de quien juega al ajedrez porque, antes que nada, asume y fortalece las reglas que le aseguran un orden para poder desarrollar su juego.
Una bomba es la gran apertura de la partida perfecta. Ahora veía con claridad la jugada ajena, la mujer llegando a la cola del colectivo y planteando su inocente duda: “¿El boleto se paga arriba o en ventanilla?”; la sencilla respuesta de que el destino de la mujer la llevaba a la ventanilla; el favor irrechazable a una anciana de cuidarle su bolsa; la irracionalidad de la mujer al no llevar con ella su bolsa y dejársela a un completo extraño; la demora de la mujer; el peso extrañamente excesivo de la bolsa, extraño porque sólo asomaban de ella unos ovillos de lana verde brillante, la más brillante que había visto nunca, con unas agujas de tejer atravesando uno de los ovillos; la demora de la mujer; los pasajeros subiendo y él cediéndoles a todos su lugar, con la bolsa ajena a su cuidado entre las piernas. También veía cómo se había cansado de esperar por la mujer y había dejado la bolsa en la boletería, no sin previo aviso a la chica que no paraba de vender, mecánicamente, los pasajes. Se veía sin encontrar a la mujer por ningún lado. Se veía corriendo para alcanzar al colectivo antes que este cerrara definitivamente su puerta. Había viajado lamentándose de no poder decirle que no a una mujer mayor, y la había buscado con su mirada entre la gente apiñada en el colectivo. La buscó entre los que iban sentados y los que iban parados como él y, en cierto modo, recién la encontró, en la plenitud de su jugada maestra, en los muertos que había causado la explosión, en la destrucción que la televisión le mostraba, por primera vez en su vida, tan cercana a él. Luego de eso, no dejó de escapar. Eso ya no lo veía.
¿Acaso un jugador mediocre no puede hacer una genialidad determinado día y volver luego a ser el mediocre que era antes? Él lo ha visto en algunos partidos de fútbol, donde algunos tipos a los que usualmente les cuesta acertarle con un pelotazo a la cancha, es decir, no tirarla afuera sistemáticamente, los ha visto, de repente, tirar un caño, o gambetear a un rival o tirar un sombrero, o hacer simplemente un gol que, en el caso de ellos, se vuelve un golazo por ser ellos quienes lo hacen. ¿Y qué pasó ahí? ¿Cómo se explica eso? Su padre le decía que los que juegan bien son ángeles en la cancha, pero que los que son terriblemente malos, el día que hacen algo extraordinario, no son ellos, sino Dios interviniendo en el juego. Los habilidosos nunca son Dios, sino los limitados cuando te sorprenden. (Hablaba mucho de Dios su padre. Decía que Dios se valía, para intervenir, de todo aquello en lo que el hombre cree, que Dios se adapta a la puntería caprichosa de las creencias humanas. Pero para el hijo, Dios era como los médicos, no valía la pena pensar en él hasta que no fuera necesario.) Pero el ajedrez es el juego del orden, sin dioses y sin ángeles; implica un orden, necesita de un orden inmutable, estricto; un juego que sirve para pensar ese orden y para pensar dentro de sus límites, pero no para pensar cómo salirse sino sólo para pensar cómo triunfar dentro de él, sin la necesidad de derrocarlo.
Sobre la mesa estaban la bolsa, la caja con el tablero y las piezas y el manoseado libro. La bolsa le hizo acordar a la de la vieja en la terminal, y la quitó de la mesa para no volver a eso. Aunque si pensaba mucho en lo ocurrido por ahí le era útil, por ahí llegaba mucho más lejos de lo que había llegado. Abrió la caja y adentro había un tablero plegable de cartón y diminutas piezas de plástico. Tomó el libro. Era un librito delgado semejante al manual para usar una máquina complicada. Le miró tapa y contratapa y lo volvió a dejar sobre la mesa. Ese era un juego para gente esperanzada, y él no era así. No tenía sentido siquiera intentarlo.
Pero un rato después, y para evitar comenzar a pensar en el Dios de su padre, con unos mates recién hechos, porque ahí tenía para hacer mate gracias a sus atentos captores, estaba sentado a la mesa listo para intentarlo.
Una lámpara de 40, en medio del comedor, caía sobre el tablero en el que el prisionero estudiaba, o simplemente miraba, como un idiota, los movimientos posibles de las piezas en los escaques. A su lado tenía el librito. Avanzaba y volvía por sus páginas, de los movimientos básicos de cada pieza a las aperturas, de las aperturas o alguna mini partida que aparecía descripta (porque era impaciente y no aguantaba esa etapa del simple, complejo y necesario aprendizaje), a algún párrafo en el cual estaba cifrado, por el autor, el modo de comprender cómo se leía la descripción de dichas partidas.
La casa estaba, solitaria, casi cayéndose del pueblo, pero eso él no lo sabía. Aunque gritara pidiendo ayuda nadie podría escucharlo. Pero él ya había superado hacía mucho tiempo esa etapa en la que se pide ayuda a los demás, mucho tiempo atrás, en los instantes siguientes a reconocer su parte en la explosión. Habitación, cocina comedor, baño, jardín al frente y patio trasero con una pileta para lavar la ropa. El jardín del frente lo vio a través de los resquicios que dejaba la persiana cerrada. Vio el jardín y vio a uno de sus captores, supuso, dando vueltas por el frente. El patio trasero lo conoció al darse cuenta, una mañana, que la puerta que daba a él estaba sin llave. A la mañana se levantaba y tomaba mate mirando, a través de los resquicios de la persiana, el pino que tenía a la entrada y que le ocultaba la calle. La calle no era otra cosa que una huella a veinte metros, allá abajo, al pie de la loma, con los yuyos entre las dos marcas de las ruedas bastante crecidos que daba la vuelta a unos treinta metros a la izquierda, ensanchándose para permitir volver por la misma calle por la que se había llegado hasta ahí. Hasta ahí alcanzaba a ver buscando los distintos ángulos que la ventana le permitía. El sol y el viento se hacían sentir ahí por la falta de árboles. Sólo estaban el pino frente a su ventana, otro a unos cincuenta metros de la casa y uno atrás, tras el alto paredón, ajeno al terreno de la casa, que le daba algo de sombra al patio, ensuciándole la ropa que colgaba. Para él, esos eran los únicos árboles que existían.
Tenían la delicadeza de dejarle cigarrillos. Si en esa habitación hubiera un bebé, ya habría muerto. El humo del cigarrillo se habría comido sus pulmones chiquititos. Lo hubiera atorado y acabado en no más de un par de horas. El prisionero estaba de acuerdo, pero no por eso dejaba de fumar. No mientras le siguieran dejando cigarrillos por la noche. Notó el humo y el olor a tabaco concentrado en el comedor cuando volvió del baño. Sin los peones, movía rutinariamente las piezas y fumaba sentado frente al tablero, las manos como orejeras en sus sienes, la vista fija en esa lucha reglamentada que no comprendía. Había fumado mucho mientras pensaba en las vueltas del ajedrez, en cómo resolver los problemas que se le presentaban en ese tablero y que se le hacían algo incomprensible en forma de pequeñas figuras en blanco y negro. Cuando salió al patio por la puerta trasera sintió en la cara y entrando prepotentemente en los pulmones el aire puro que venía, aunque él no lo supiera, del mar.
Dejó el tablero sobre la mesa y se quedó en el patio. Miró los paredones que hacían de ese espacio el patio de una cárcel. Alambre de púa los coronaba. Para disfrutar el aire fresco de la tarde y lo que quedaba de luz, se preparó unos mates nuevos y se sentó en un banco hecho de un tronco cortado a lo ancho. Mientras tomaba mate, vio que el otro tronco en el que tenía apoyada la pava era lo suficientemente ancho y nivelado como para poner el tablero.
Al otro día, temprano, salió al patio con el mate y sus cosas de ajedrez. Puso el tablero sobre el tronco y vio que sobraba espacio alrededor del cartón. Usó para mantenerlo fijo sobre el tronco unas chinches que clavaban un viejo almanaque en la puerta de la pieza. Maradona haciéndole el segundo gol a los ingleses. Sólo un ángel, nada más que eso. Dejó la pava en el suelo, el mate a la derecha del tablero y el libro a la izquierda. Aún debía consultar el libro para poder recordar cuál escaque iba a la derecha y cómo era la disposición inicial de las piezas sobre el tablero. Dejó los cigarrillos adentro, sobre la mesa del comedor. De mañana se iba a aguantar de fumar, si podía, y si no se veía obligado a entrar para buscar alguna cosa o ir al baño. Ahí, en el patio, seguía estando cerca de un posible escape que, de todas maneras, en ningún momento había intentado.
El rey era la pieza más frágil y había que cuidarla. Al menos podía estar tranquilo, el rey, porque en ese tablero todos respetaban las reglas. Ningún peón enemigo podía abrirse paso entre las piezas propias y darle jaque. Tendría que cumplir con las reglas para hacerlo. Los peones negros no podrían hacer nunca el primer movimiento y declarar la guerra caprichosamente. Nadie podía darle jaque a la distancia, sin ningún movimiento, haciendo simplemente alarde de su mayor poderío porque los de negro y los de blanco estaban en las mismas condiciones. Se ve que no habían escuchado todavía sobre la guerra moderna. ¿Y por qué el rey no se entregaba ni bien comenzaba la partida, o entregaba a todos los suyos para salvarse? ¿Por qué no se unía al otro rey? ¿Por qué los peones no se volvían hacia su propio rey? ¿Por qué los alfiles, los caballos o las torres no derrocaban a su rey, poderosos como eran? ¿Por qué tanto sacrificio por el rey? ¿Por qué la reina no lo traicionaba y ocupaba su lugar? ¿Por qué lo conservaba? ¿Por qué no se iba con el otro rey? ¿Por qué otros reyes de otras partidas no tomaban parte de esa partida que se desarrollaba en ese tablero? ¿Por qué él no lo cagaba a trompadas al otro jugador, suponiendo que hubiera otro jugador enfrente suyo ocupándose del otro bando de piezas, y lo obligaba a rendirse, o le secuestraba a un familiar, o le mandaba unos tipos, o le pagaba una puta, o le daba dinero, o le ponía una bomba, o le apuntaba simplemente con un arma a la cabeza? ¿Por qué había que tener esperanzas en que el otro respetara las reglas? ¿Por qué le volvía una y otra vez esa idea de la esperanza relacionada con el ajedrez? ¿Por qué intentaba jugar al ajedrez si no podía tragarse ninguno de sus fundamentos?
El prisionero miraba el tablero con un cigarrillo encendido entre los dedos. No sabía en qué momento había ido a buscarlos adentro. No sabía en qué momento se había movido de ahí.
Tres días después, el tablero reposaba tranquilo sobre el tronco, con todas las piezas en su posición inicial y sin atraer siquiera la mirada del prisionero hacia ese lado. Sacó las siguientes dos mañanas el tablero al patio y preparó todo, pero sólo se quedó sentado en su tronco fumando y mirando el terreno baldío que se extendía hacia el fondo, hasta el paredón coronado de púas.
La siguiente mañana no sacó el tablero, que quedó en la mesa del comedor esperando. Dejó de intentarlo, y de a poco se fue olvidando del tablero y las piezas que volvieron, en su bolsa, con el libro, a esconderse sobre el armario, no fuera cosa que se le diera por arrancar de nuevo.
Dos noches después, cuando entraron en la casa y le dispararon mientras dormía, al sentir el primer balazo entrar en su cuerpo se le ocurrió la loca idea de que todo se debía a su incapacidad para hacer algo más que mover las piezas correctamente.

viernes, 23 de octubre de 2009

Huellas

Ya no precisaba biblioteca. En el bolsillo llevaba todo lo que había sacado de la venta completa de mis libros. Cuando decidí venderlos no me había imaginado que fuera una suma como la que me molestaba ahora, abultándome el bolsillo del pantalón. Al saber la cantidad, al escucharla del librero, me cruzó por la cabeza un leve arrepentimiento que dejé de lado rápidamente. Los últimos coletazos de la seguridad que da tener un capital reposando en los anaqueles de mi biblioteca. Dejaría que alguno se burlara de las anotaciones que había ido acumulando, con los años, en los márgenes, de los subrayados cuya lógica sólo podía entender yo, de las huellas de mi derrotero intelectual.
Antes de meterlos en las cajas, me puse a hojear algunos de los libros que iba a vender. En sus márgenes tenían breves notas hechas con una letra adolescente, imprecisa aún, anotaciones que ponían de manifiesto el enojo transformador, la efusividad de quien leía, la esperanzadora, utilitaria y naif lectura. Encontré frases como “Este es el concepto de Estado que se ha mantenido siempre en Latinoamérica, y esto debe acabarse”. Mayúsculas que denotaban la persistencia de la fe y subrayados extensos en los libros más inverosímiles de contenerlos.
Sólo había guardado en una caja algunos libros de un par de autores que todavía me interesaba tener a mano. en realidad, los conservaba porque aún no había conseguido desprenderme de ellos. Dejé en el piso la caja con esos libros y la empujé con el pie bajo mi cama, ignorando los anaqueles vacíos. La idea era no abrir esa caja, ignorar esos libros lo más que pudiera. No sabía por qué los conservaba, no me quedaba nada más por leer en ellos.
El dinero, que se abultaba en mi bolsillo, iba a tener buen uso: era para una puta. Bastaba para que tuviera hermosas tetas, buen culo y delgadas piernas, así como también un aspecto y unos modos que no se parecían en nada a los de las putas comunes. Cuando la tuve frente a mí fue que pensé en mis huellas. Debería haber borrado todas las anotaciones que he hecho en los márgenes de mis libros antes de venderlos. Me aterra la existencia de mis huellas. Por eso me gustan las putas, porque no les puedo dejar ninguna.
Hábilmente, ella me despojó de mi quietud liberándome de ese terror, llevándome con ella hacia una experiencia sin huellas.

martes, 13 de octubre de 2009

Batallas

Tenía algunos recuerdos de lo que había sido la guerra. Recuerdos que iban más allá del conocimiento colectivo que la mayoría conservaba del hecho histórico preciso como una simple anécdota nacional poco feliz. Más de una vez se preguntaba en qué medida la guerra había afectado al país, y si realmente no era que sólo había afectado a aquellos que habían estado en las islas y, por extensión, a sus familiares. Él no tenía ningún familiar ex combatiente, pero sí conservaba algunos recuerdos que la guerra había metido en su entorno y que se le habían enquistado como esquirla, o cualquier otra cosa extraña, en su cabeza. Había veces en que esos hechos le hacían sentir que la historia, como siempre se cree, había comenzado con él y que había tenido suerte que justo ese hecho ocurriera de un modo contemporáneo a su vida, pudiendo así entrar en la historia a la que él le daba inicio absoluto.
Recordaba las ventanas de su salita, la azul, en el jardín de infantes del colegio nacional, el único edificio alto de la ciudad que, casualmente, tenía la Base Naval Puerto Belgrano justo al lado, cruzando una barrera custodiada por la policía militar. Esas ventanas, y las de todo el colegio, pero él sólo recordaba las de su salita azul, estaban tapadas por diarios que no dejaban, en lo práctico, entrar la luz, aunque la verdadera razón de esa cobertura periodística era evitar que la luz saliera y, en el oscuro inicio de los días de clases de ese otoño del 82, revelara la posición del enorme edificio a los bombarderos ingleses. Años después conocería la canción de Charly García y se reiría de lo verdaderamente estúpidos que podían ser los porteños cuando buscaban desesperados alguna razón para que, aún en tiempos de guerra, no dejaran de hablar de ellos, sólo de ellos, siempre de ellos, en vez de perder tiempo en algunos desubicados que se tiroteaban en un sur bastante incierto que, por cierto, ni siquiera llegaba a ser el de Borges.
Pero la cosa no terminaba en el oscurecimiento del aula. Guiados por las maestras eran instruidos en el arte de meter sus pequeñas cabecitas bajo unos bancos o unas mesas junto a sus cuerpitos que poco se distinguían aún, en distancia al menos, de sus cabezas. Esto era por si bombardeaban, para poder protegerse de lo que pudiera caerles encima desde el techo. Siempre teniendo en cuenta que los ingleses no hubieran tenido una perfecta puntería, caso en el que todo lo que les explicaban que había que hacer hubiera sido inútil. Por supuesto que la verdadera razón para toda esa puesta en escena de protegerse la cabeza no era otra que mantenerlos controlados y tranquilos, sintiendo en sus mentes infantiles –casi mentes-, que no había ningún problema y que sólo se trataba de un juego, que estaban protegidos y controlados por esas dos ridículas del guardapolvo azul a cuadritos chiquititos. Lo que no se puede negar es que todo esto cumplió su cometido. Poco tiempo más tarde, en algún momento quizá de ese mismo año o del siguiente, las amenazas de bombas al colegio pusieron a prueba el autocontrol de esos chicos y su capacidad para actuar como si nada estuviera sucediendo. Caminando despacito tomados de una soga que los volvía un gusanito, se alejaban lentamente del colegio que jamás estalló.
Otro de los recuerdos que tenía de la guerra se despertaba en su mente cada vez que andaba dando vueltas sin rumbo por el barrio o se dirigía rumbo a la canchita a jugar a la pelota. En la plazoleta había una placa que recordaba a un muchacho del barrio, conscripto de la marina él, que había muerto en el Crucero General Belgrano, esto fue varios años después de la guerra, aunque no muchos, porque la placa, de un bronce tentador, no aguantó mucho tiempo sin ser robada, así que para él, el héroe del barrio había caído nuevamente en el olvido, así como comenzaba a caer cada vez más el mismo episodio guerrero, provocando un vacío en el recuerdo colectivo que solamente se sentía incomodado cuando a algún operador de radio se le ocurría pasar la canción de Charly. Los fanáticos de Charly no habían conocido ni olvidado nada del tema, ya que estaban firmemente convencidos de que la posibilidad de bombardeo sobre Buenos Aires nunca había ocurrido y que sólo se trataba de una hábil metáfora del músico referida o a los militares que habían gobernado el país o a las injustas críticas del interior hacia los porteños. Algunos incluso habían llegado a suponer que la metáfora era vehículo para exteriorizar cierto oscuro temor de Charly a la ira de Dios o de sus detractores –los propios, no los ateos.
Pero si de guerras se hablaba, o de simples batallas personales o de alguna otra magnitud más magna, el barrio no terminaba en la plazoleta de la placa robada. Montenegro era un cordobés grandote como una montaña arrasada por un incendio. Entrenaba al equipo de fútbol infantil del barrio. Estaba a cargo de todas las categorías y lo disfrutaba. Según decían algunos de los padres de los chicos no tenía la menor idea de fútbol, y en un mítico partido organizado como excusa para un asado en la sociedad de fomento había demostrado ser un completo inepto con la pelota. Sólo podía correr, pero lo hacía mal, siempre en sentido contrario de donde se suponía que podía llegar a ir la pelota o un jugador contrario ejecutando un movimiento de avance peligroso. Servía para pegar, pero de puro bruto que era. Pero nadie le decía nada en la cara, aunque él era plenamente conciente de lo malo que era. La razón para acallar las críticas no era por temor a que Montenegro, esa inmensa masa oscura de músculos, reaccionara, sino porque ninguno de los padres estaba dispuesto a tomar su puesto como entrenador del fútbol infantil. Sabían mucho más que él pero, si no soportaban a sus propios hijos ¿por qué deberían soportar también a los ajenos? Montenegro no parecía tener problema en tolerarlos un rato, un par de días a la semana, aunque no pudiera enseñarles nada. Y como no tenía familia, le servía como excusa para ocupar los fines de semana.
Las razones por las que estaba solo existían, obviamente, y andaban dando vueltas por ahí para quien quisiera escucharlas. Pero los chicos tenía un par de ideas de por qué no tenía ni mujer ni hijos.
“Horrible” y “maricón” eran las causas más sencillas que se les ocurrían a los chicos. Pero algunos, más imaginativos o informados que el resto, tenían un par de historias que podían explicar aquel estado de soltería de su entrenador.
Lo que hacía realmente bien Montenegro, además de ser esa montaña enorme y oscura parada en el centro de la cancha con el silbato en la boca indicando movimientos –lo que, dicho sea de paso, hacía muy mal-, era correr. A pesar de su tamaño era un magnífico corredor a campo traviesa. “Cross country”, dijo algún pibe canchero corrigiendo al resto. Disciplina no muy popular entre los chicos a no ser que fuera cruzando un campo pateando la pelota para llegar a la cancha.
-Estaba haciendo la colimba en la base y se robó guita del casino de oficiales y rajó corriendo a través del campo. Nadie lo había visto y no sabían quién era el ladrón pero le largaron los perros y le encontraron el rastro, y lo alcanzaron, y por las mordidas de uno de los perros perdió una mano. Dicen que cuando llegaron al lado de él los de la policía militar le dejaron el perro para que se la masticara, y le tuvieron que cortar lo que le quedaba porque no se la podían arreglar. Por eso no consigue trabajo en la base como civil.
Ninguno de los chicos sabía de qué trabajaba Montenegro, y estaban tan habituados ya a verlo con una mano menos que el dato recién surge a esta altura del relato.
-Eso es mentira- dijo otro, porque siempre hay otro que dice que es mentira, y hay un montón que no dicen nada y que sólo se dedican a ver cuál de las versiones que se dan es la más sórdida y convincente, la que mejor resultado va a dar para contársela a otros, la que va a poder resistir la embestida de alguno, en otro lugar, que diga “eso es mentira”-. Es mentira, mi viejo me contó cómo perdió la mano. La perdió haciendo la colimba en el sur, la hizo con mi viejo, cuando casi entramos en guerra con Chile en el 78, en el sur, en prácticas de tiro, el uniforme le quedaba grande, las mangas largas, no había un uniforme justo para él, entonces se le enganchó en el cañón después de haber puesto la munición, y el otro artillero no se dio cuenta, y él miraba desesperado sabiendo que su brazo se iba a perder, y que capaz aparecía por Chile, volando por el cielo de Santiago, y sintió el chicotazo de cuando se lo arrancaba, no todo, sólo la mano y un poco más arriba de la muñeca, pero le tuvieron que sacar parejo para que no se muriera... él no se acuerda porque se desmayó al instante. El otro artillero se murió ahí no más, quedó seco.
-Pero no hubo guerra con Chile.
-No, pero él hubiera preferido que sí, al menos tendría un muñón glorioso.
Todos se rieron porque no entendían la magnitud de lo que estaban diciendo. Rieron hasta que a unos e le ocurrió decir que era imposible que a Montenegro hubiera algún uniforme que le quedara grande. Y otro dijo que era imposible que hiciera la colimba en dos lugares a la vez.
-Lo pueden haber movilizada hasta allá por la posibilidad de la guerra. A un primo de mi papá lo mandaron desde Chaco a las Malvinas.
-¡Mi viejo no miente, pelotudo!
Ese era su otro recuerdo de la guerra, o de un comentario sobre ella, o simplemente de alguna referencia hecha hacia su posibilidad en algún momento.
El resto de las batallas que recordaba habían tenido lugar en esa canchita y con Montenegro haciendo como que los dirigía, detrás de la línea de cal.

domingo, 11 de octubre de 2009

Imágenes retro

INÚTIL FUE SU HEROÍSMO*

A los perros no se los podía contener. Cada tirón que daban para ir tras su presa se sentía en las fuertes manos de los peones que los contenían. Los querían soltar, pero la idea que primaba era que los perros sirvieran sólo como rastreadores, para después bajarlo de un tiro.
–Va a escuchar a los perros y va a rajar–, decía Ramón sin mirara a nadie, en voz alta; decía para poder jactarse cuando esto sucediera. –Se va a rajar, y vamos a estar dando vueltas todo el día por el monte sin saber pa’ donde agarrar.
El patrón ya había escuchado sus dichos la primera vez, y si bien no le gustaba demasiado el tonito de suficiencia con el que lo decía, empezaba a imaginar que tenía razón. Pero le molestaba que no se lo dijera directamente, y no sólo en ese caso: lo esquivaba siempre: siempre que Ramón le iba caminando atrás, él, el patrón, se frenaba un poco para que caminaran a la par, pero siempre Ramón se frenaba a su vez; siempre había mantenido una distancia digna de su patrón, como si no lo dejara hacerse el igual.
Por esa distancia que tomaba, al patrón le parecía que lo más lógico hubiera sido la dureza de la confrontación directa, que le hubiera dicho en la cara que lo que estaban haciendo era una burrada, que, o se salía a buscarlo con armas y a ver si se lo encontraba para sorprenderlo (lo que podía llevar días, o no ocurrir nunca), o se largaba a los perros solos para que lo buscaran e hicieran lo suyo.
–Yo les tengo fe a esos perros–. Esa era la elección de Ramón.
Pero el patrón sabía que si se la había pasado tirando comentarios al aire era porque quería que todos se dieran cuenta, por si solos, que la razón la tenía Ramón, no el patrón. Y el patrón ahora sabía que Ramón tenía razón.
–Suéltenlos–, dijo, y lo miró a Ramón.
En la cara de Ramón, los músculos se contrajeron indefinidamente, no sabiendo si expresar satisfacción porque se le hacía caso o bronca porque, una vez más, el patrón se les hacía el igual tomando en cuenta su opinión.
Los perros salieron hacia el monte, sin sentir los tirones en el cuello, dejando a los hombres atrás.
–Vamos– dijo el patrón, y Ramón fue el último en dejar de mirar el monte.
Por esa parte del monte, que Ramón había sido el último en mirar fijamente, se perdió el grupo de perros en una carrera infernal. Ellos podían ignorar los senderos angostos del monte –que el animal no pisaba– y rastrearlo por las zonas impenetrables para los hombres. El poco espacio que había alcanzaba para que los perros, con sus cuerpos esmirriados, se filtraran a toda carrera. Incluso las púas de los arbustos (algunos de ellos aún sin su clasificación en latín) no podían impedir su penetración. Casi podía decirse que habían nacido para eso y que, sólo mientras esperaban que surgiera la oportunidad de demostrarlo, se ocupaban de otras tareas menos honrosas y demandantes como mantener a raya a los corderos o anunciar la llegada de algún desconocido. Claro que, las incursiones de aquel animal en los corrales, de aquel animal que ahora perseguían o buscaban, no habían sido alertadas por ellos: sólo encontraban sus huellas por la mañana, y la sangre de alguna de las estúpidas bestias. Esta falta parecía herirlos en lo más hondo, haciéndolos ladrar y dar vueltas con desesperación. Por eso quizá tiraban tanto de las correas ese día, exigiendo que se los largara para lavar su honor.
Iban lanzados maravillosamente por la zona más oscura del monte, sin un atisbo de luz que les facilitara las cosas a los hombres. Pero ellos no precisaban la luz del sol, al menos no para eso: les bastaba con su olfato y con saber que iban en grupo, lo que, además de envalentonarlos, les confirmaba a cada uno, que el rastro que seguían era el correcto. Y debían confiar en esto, porque no tenían nada más: no había sonido que buscar, porque no lo habían escuchado nunca, no sabían cómo eran sus quejidos o sus desafíos echados al viento: arremetía en silencio, cazaba en silencio, devoraba en silencio, y se iba. Sólo había un olor que acompañaba a las huellas que dejaba, a esas huellas de puma grande, pero... que sólo ellos sabían que no eran de puma, porque el olor eso decía. Pero esto sólo lo sabían ellos, los que habían sido largados para que mataran al puma. (¿Cómo decirle a Ramón que, si bien eran las huellas de un puma enorme y un leve olor a éste, había otro más fuerte que lo hacía casi imperceptible? ¿Cómo hace eso un perro?) Por eso iban lanzados tras el fuerte olor que había en las huellas, en las hojas, en las cortezas y en cada levísima y pesada corriente de aire, imperceptible como el gas si no fuera por ese fuerte olor que la delata.
Lautaro iba al frente de todos, seguro de su velocidad, de su fuerza, de su liderazgo indiscutido. Los nombres del resto se perdían en el plural que era ser seguidores de Lautaro: los que iban con él. El les anulaba su individualidad. Sólo Lautaro se desprendía, por esperanzas y realidades puestas en él, del anonimato de su especie. Y si bien, por separado y en el trabajo diario junto a los peones, uno era uno y otro era otro, tras Lautaro sólo eran el resto que seguía, a donde fuera y sin discutirlo, a Lautaro. Lo había bautizado Ramón, que era quien lo había traído, por alguna clase de reconocimiento a las historias de estas tierras. (Interiormente, albergaba la esperanza de verlo saltar al cuello del patrón, poseído por el espíritu que al llamarlo se evocaba: “Lautaro... Lautaro... Lautaro...”)
Los perros se frenaron de golpe para no tragarse el culo de Lautaro, e inmediatamente se colocaron a sus lados. Lautaro había clavado sus patas al verlo: el olor se había hecho más fuerte, lo que hizo que no lo sorprendiera su presencia. Ahí estaba el puma grande y, sobre una gran piedra en elevación, estaba... No había razonamiento alguno posible sobre lo otro. Los ladridos iban dirigidos al puma, ese era el primer objetivo, o el único, porque aquello era mecánico, instantáneo, de a una cosa por vez, lo otro recién estaría presente cuando el cuerpo del puma grande estuviera vencido.
Los seis perros toreaban al animal, tres a cada lado del Lautaro, que ya no ladraba: sólo olía a su presa, y decidía qué hacer y quién debía hacerlo. De la misma manera que había picado en punta hacia el monte, Lautaro lo hizo hacia el cuello del puma; y de la misma manera fueron tras de él los otros. Su mandíbula abierta no llegó a cerrarse sobre el puma: la garra abrió un surco desde el ojo al hocico para luego cerrar sus dientes sobre el cuello de Lautaro. El sabía que ocurriría así, al igual que los otros. Era la única manera de que seis perros le cayeran encima –con éxito- al puma grande, la única.
Inútil fue su heroísmo. Cegados por las dentelladas que daban, por el gusto de la sangre caliente y el deseo de seguir cerrando las mandíbulas, ignoraron el otro olor: el de la sangre los había ganado. Y Lautaro también la olía, agitándose sobre la tierra, sintiendo las convulsiones que lo mataban. Sus últimos minutos estaban repletos de ese olor fuerte que era el que habían estado rastreando, que era el que recordaba tapando el mucho más sutil del puma en las huellas de los corrales; ahora lo sentía, lo ahogaba, le entraba por lo que quedaba de su hocico y por las heridas que lo desangraban; la sangre de sus compañeros estaba mucho más lejos, el puma grande también, cualquier olor del monte estaba a una distancia incalculable de ése que había descendido de la gran piedra, que se le había acercado, en silencio, sólo con su olor, porque sus ojos desgarrados por el puma grande –ahora cada vez más pequeño– ya no contaban para nada; ese olor que bajaba de la piedra hacia ellos era el único que podía percibirse en todo el monte, junto al ruido de huesos quebrados y carne desgarrada que oía apenas, único rastro de cómo ese olor se devoraba a cada uno de los seis perros, y por último a Lautaro, ya muertos todos: los seis perros y Lautaro.

*Este relato forma parte de Hombres hechos, (17grises editora, Bahía Blanca, 2008. Colección: Literal /imaginaria. ISBN: 978-987-24530-1-5).

Hombres hechos

Mariano Granizo, Hombres hechos
17grises editora, Bahía Blanca, 2008.
128 p.; 10 x 17 cm.
(Colección: Literal /imaginaria)

ISBN: 978-987-24530-1-5 | $ 20.-

“Los relatos de Granizo permiten reconocer esta contingencia como determinante, y manifiestan de cuerpo presente su rechazo enfático a esta política de homogeneización sustractiva de los grados de la escritura, al tiempo que apuestan a la problematización de conflictos materiales”. MC


Mariano Granizo nació en Punta Alta en 1978. Estudió literatura en la Universidad Nacional del Sur. Es ensayista y narrador. Fundó y dirigió la revista de literatura y política La Posición en Bahía Blanca entre 2001 y 2007. Hombres hechos es su primer trabajo narrativo publicado. Actualmente trabaja en la preparación de Matar aburre, su primera novela.