martes, 13 de octubre de 2009

Batallas

Tenía algunos recuerdos de lo que había sido la guerra. Recuerdos que iban más allá del conocimiento colectivo que la mayoría conservaba del hecho histórico preciso como una simple anécdota nacional poco feliz. Más de una vez se preguntaba en qué medida la guerra había afectado al país, y si realmente no era que sólo había afectado a aquellos que habían estado en las islas y, por extensión, a sus familiares. Él no tenía ningún familiar ex combatiente, pero sí conservaba algunos recuerdos que la guerra había metido en su entorno y que se le habían enquistado como esquirla, o cualquier otra cosa extraña, en su cabeza. Había veces en que esos hechos le hacían sentir que la historia, como siempre se cree, había comenzado con él y que había tenido suerte que justo ese hecho ocurriera de un modo contemporáneo a su vida, pudiendo así entrar en la historia a la que él le daba inicio absoluto.
Recordaba las ventanas de su salita, la azul, en el jardín de infantes del colegio nacional, el único edificio alto de la ciudad que, casualmente, tenía la Base Naval Puerto Belgrano justo al lado, cruzando una barrera custodiada por la policía militar. Esas ventanas, y las de todo el colegio, pero él sólo recordaba las de su salita azul, estaban tapadas por diarios que no dejaban, en lo práctico, entrar la luz, aunque la verdadera razón de esa cobertura periodística era evitar que la luz saliera y, en el oscuro inicio de los días de clases de ese otoño del 82, revelara la posición del enorme edificio a los bombarderos ingleses. Años después conocería la canción de Charly García y se reiría de lo verdaderamente estúpidos que podían ser los porteños cuando buscaban desesperados alguna razón para que, aún en tiempos de guerra, no dejaran de hablar de ellos, sólo de ellos, siempre de ellos, en vez de perder tiempo en algunos desubicados que se tiroteaban en un sur bastante incierto que, por cierto, ni siquiera llegaba a ser el de Borges.
Pero la cosa no terminaba en el oscurecimiento del aula. Guiados por las maestras eran instruidos en el arte de meter sus pequeñas cabecitas bajo unos bancos o unas mesas junto a sus cuerpitos que poco se distinguían aún, en distancia al menos, de sus cabezas. Esto era por si bombardeaban, para poder protegerse de lo que pudiera caerles encima desde el techo. Siempre teniendo en cuenta que los ingleses no hubieran tenido una perfecta puntería, caso en el que todo lo que les explicaban que había que hacer hubiera sido inútil. Por supuesto que la verdadera razón para toda esa puesta en escena de protegerse la cabeza no era otra que mantenerlos controlados y tranquilos, sintiendo en sus mentes infantiles –casi mentes-, que no había ningún problema y que sólo se trataba de un juego, que estaban protegidos y controlados por esas dos ridículas del guardapolvo azul a cuadritos chiquititos. Lo que no se puede negar es que todo esto cumplió su cometido. Poco tiempo más tarde, en algún momento quizá de ese mismo año o del siguiente, las amenazas de bombas al colegio pusieron a prueba el autocontrol de esos chicos y su capacidad para actuar como si nada estuviera sucediendo. Caminando despacito tomados de una soga que los volvía un gusanito, se alejaban lentamente del colegio que jamás estalló.
Otro de los recuerdos que tenía de la guerra se despertaba en su mente cada vez que andaba dando vueltas sin rumbo por el barrio o se dirigía rumbo a la canchita a jugar a la pelota. En la plazoleta había una placa que recordaba a un muchacho del barrio, conscripto de la marina él, que había muerto en el Crucero General Belgrano, esto fue varios años después de la guerra, aunque no muchos, porque la placa, de un bronce tentador, no aguantó mucho tiempo sin ser robada, así que para él, el héroe del barrio había caído nuevamente en el olvido, así como comenzaba a caer cada vez más el mismo episodio guerrero, provocando un vacío en el recuerdo colectivo que solamente se sentía incomodado cuando a algún operador de radio se le ocurría pasar la canción de Charly. Los fanáticos de Charly no habían conocido ni olvidado nada del tema, ya que estaban firmemente convencidos de que la posibilidad de bombardeo sobre Buenos Aires nunca había ocurrido y que sólo se trataba de una hábil metáfora del músico referida o a los militares que habían gobernado el país o a las injustas críticas del interior hacia los porteños. Algunos incluso habían llegado a suponer que la metáfora era vehículo para exteriorizar cierto oscuro temor de Charly a la ira de Dios o de sus detractores –los propios, no los ateos.
Pero si de guerras se hablaba, o de simples batallas personales o de alguna otra magnitud más magna, el barrio no terminaba en la plazoleta de la placa robada. Montenegro era un cordobés grandote como una montaña arrasada por un incendio. Entrenaba al equipo de fútbol infantil del barrio. Estaba a cargo de todas las categorías y lo disfrutaba. Según decían algunos de los padres de los chicos no tenía la menor idea de fútbol, y en un mítico partido organizado como excusa para un asado en la sociedad de fomento había demostrado ser un completo inepto con la pelota. Sólo podía correr, pero lo hacía mal, siempre en sentido contrario de donde se suponía que podía llegar a ir la pelota o un jugador contrario ejecutando un movimiento de avance peligroso. Servía para pegar, pero de puro bruto que era. Pero nadie le decía nada en la cara, aunque él era plenamente conciente de lo malo que era. La razón para acallar las críticas no era por temor a que Montenegro, esa inmensa masa oscura de músculos, reaccionara, sino porque ninguno de los padres estaba dispuesto a tomar su puesto como entrenador del fútbol infantil. Sabían mucho más que él pero, si no soportaban a sus propios hijos ¿por qué deberían soportar también a los ajenos? Montenegro no parecía tener problema en tolerarlos un rato, un par de días a la semana, aunque no pudiera enseñarles nada. Y como no tenía familia, le servía como excusa para ocupar los fines de semana.
Las razones por las que estaba solo existían, obviamente, y andaban dando vueltas por ahí para quien quisiera escucharlas. Pero los chicos tenía un par de ideas de por qué no tenía ni mujer ni hijos.
“Horrible” y “maricón” eran las causas más sencillas que se les ocurrían a los chicos. Pero algunos, más imaginativos o informados que el resto, tenían un par de historias que podían explicar aquel estado de soltería de su entrenador.
Lo que hacía realmente bien Montenegro, además de ser esa montaña enorme y oscura parada en el centro de la cancha con el silbato en la boca indicando movimientos –lo que, dicho sea de paso, hacía muy mal-, era correr. A pesar de su tamaño era un magnífico corredor a campo traviesa. “Cross country”, dijo algún pibe canchero corrigiendo al resto. Disciplina no muy popular entre los chicos a no ser que fuera cruzando un campo pateando la pelota para llegar a la cancha.
-Estaba haciendo la colimba en la base y se robó guita del casino de oficiales y rajó corriendo a través del campo. Nadie lo había visto y no sabían quién era el ladrón pero le largaron los perros y le encontraron el rastro, y lo alcanzaron, y por las mordidas de uno de los perros perdió una mano. Dicen que cuando llegaron al lado de él los de la policía militar le dejaron el perro para que se la masticara, y le tuvieron que cortar lo que le quedaba porque no se la podían arreglar. Por eso no consigue trabajo en la base como civil.
Ninguno de los chicos sabía de qué trabajaba Montenegro, y estaban tan habituados ya a verlo con una mano menos que el dato recién surge a esta altura del relato.
-Eso es mentira- dijo otro, porque siempre hay otro que dice que es mentira, y hay un montón que no dicen nada y que sólo se dedican a ver cuál de las versiones que se dan es la más sórdida y convincente, la que mejor resultado va a dar para contársela a otros, la que va a poder resistir la embestida de alguno, en otro lugar, que diga “eso es mentira”-. Es mentira, mi viejo me contó cómo perdió la mano. La perdió haciendo la colimba en el sur, la hizo con mi viejo, cuando casi entramos en guerra con Chile en el 78, en el sur, en prácticas de tiro, el uniforme le quedaba grande, las mangas largas, no había un uniforme justo para él, entonces se le enganchó en el cañón después de haber puesto la munición, y el otro artillero no se dio cuenta, y él miraba desesperado sabiendo que su brazo se iba a perder, y que capaz aparecía por Chile, volando por el cielo de Santiago, y sintió el chicotazo de cuando se lo arrancaba, no todo, sólo la mano y un poco más arriba de la muñeca, pero le tuvieron que sacar parejo para que no se muriera... él no se acuerda porque se desmayó al instante. El otro artillero se murió ahí no más, quedó seco.
-Pero no hubo guerra con Chile.
-No, pero él hubiera preferido que sí, al menos tendría un muñón glorioso.
Todos se rieron porque no entendían la magnitud de lo que estaban diciendo. Rieron hasta que a unos e le ocurrió decir que era imposible que a Montenegro hubiera algún uniforme que le quedara grande. Y otro dijo que era imposible que hiciera la colimba en dos lugares a la vez.
-Lo pueden haber movilizada hasta allá por la posibilidad de la guerra. A un primo de mi papá lo mandaron desde Chaco a las Malvinas.
-¡Mi viejo no miente, pelotudo!
Ese era su otro recuerdo de la guerra, o de un comentario sobre ella, o simplemente de alguna referencia hecha hacia su posibilidad en algún momento.
El resto de las batallas que recordaba habían tenido lugar en esa canchita y con Montenegro haciendo como que los dirigía, detrás de la línea de cal.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Está muy bien. ¿Estás usando oraciones más largas o me parece a mí?
El relato me hizo acordar un poco al cuento 1982 de Emiliano Vuela y algunos textos de Soriano.
Quedé pensanso que hay ciertas cosas que, contadas desde la infancia, son como más aprehensible, ¿no?
Un abrazo y nos vemos durante la semana.

Crespi dijo...

A mí también me hizo acordar a "1982", pero este relato es sin duda más árido. Y no veo acá ni una sola mueca de humor.
Abrazo

Granizo dijo...

Creo que, para una generación como la nuestra, tanto Malvinas como la dictadura son simples relatos o juegos de chicos. Claro que todo cambia para quienes han tenido familiares combatientes o desaparecidos. Lamentablemente, es muy argentina la incapacidad de empatía: "aquello que no me ha afectado directamente, me importa poco". Además en la infancia todo es un juego, hasta lo más terrible, hasta lo más cruel. Es la etapa de la vida en que estamos más capacitados para provocarle el suicidio a una persona sin darnos cuenta. Si quisiera escribir con humor sólo resultaría siendo hiriente. Ja ja ja. Y sí, anónimo ¿Dobal?, las frases se me van creciendo, y creo que tiene que ver con la intención de un registro de comentario hablado, de conversación sobre un recuerdo, de un intento por frenar un poco el exceso de reflexión ante los hechos. Abrazos gente. ¿Vieron que Granizo no está muerto todavía? Jajajajajajaja.

Crespi dijo...

Estoy de acuerdo, Mariano. Son relatos o juegos de chicos. Lo que no creo es que sean "simples". Más aún: ni siquiera sé si estaría de acuerdo con un "simplemente". Creo, al contrario, que son relatos difíciles, complejos en términos de elaboración. Yo no sé si son tantos los narradores de nuestra generación capaces de abordar esos relatos. Yo, desde el vamos, me declaro sinceramente incapaz de hacerlo.
¿El anónimo es Dobal? Volvé, Dobal, al blog, se te extraña!!!!